
José de Ribera, The Trinity, 1652. Oil on canvas. Museo Nacional del Prado (Madrid)
Peace has become strangely difficult in the modern world. We are constantly connected, constantly reacting, constantly surrounded by noise, conflict, opinions, fears, headlines, and frustrations. Many people carry a quiet exhaustion of the soul without even realizing it. And in the middle of all this, Saint Paul gives Christians a remarkably simple instruction in this Sunday’s second reading: “Live in peace.” Simple to read, difficult to practice. Christian peace is not pretending that suffering, injustice, or sin do not exist, nor is it some fragile optimism disconnected from reality. The peace Christ offers is something much deeper. It begins when we stop seeing ourselves—and others—through the lens of condemnation. That is why the Gospel this Sunday is so important: “For God did not send his Son into the world to condemn the world, but that the world might be saved through him.” Those words reveal the heart of Christianity. Many people imagine God as permanently angry, perpetually disappointed, always ready to punish. Others live trapped in guilt, resentment, anxiety, or the feeling that they will never be enough. But Christ reveals a Father who approaches humanity first with mercy, patience, and the desire to save. Peace begins precisely there. A soul cannot rest if it believes it is only condemned. And from that foundation, peace slowly becomes possible in ordinary life: when we stop feeding every argument, when we learn that silence is sometimes holier than winning, when forgiveness becomes more important than pride, when prayer matters more than outrage, when we stop comparing our lives endlessly with the lives of others, and when we remember that not every battle deserves our heart. The Holy Trinity itself reveals that God is not division or chaos, but eternal communion and love. And perhaps, as summer begins and the Church returns to Ordinary Time, this is exactly the invitation placed before us: to recover interior peace—not escapism or indifference, but the quiet strength of those who know they are loved by God and therefore no longer need to live condemned • AE
And perhaps there is no better way to conclude this reflection than with music inspired by Christ’s own promise: “My peace I give you.” Sung by the Poor Clares of Arundel, this piece carries the quiet beauty of prayer, simplicity, and trust—reminding us that true peace is not manufactured by the world, but received from God.

St. Joseph Catholic Church (Dilley, TX) • Weekend Schedule

Fr. Agustin Estrada (Parish Administrator)
Saturday, May 30, 2026
5.00 p.m. Sacramento de la Confesión
6.00 p.m. Santa Misa.
Sunday, May 31, 2026
8.00 a.m. Sacrament of Reconciliation
8.30 a.m. Holy Mass.
10.30 a.m. Sacrament of Reconciliation.
11.00 a.m. Holy Mass.
Solemnidad de la Santísima Trinidad (2026)

S. Leiter, Miriam (ca. 1947). Impresión en gelatina de plata, impresa entre 2006 y 2013.
Vivimos en una época extraña: tenemos más comodidad que nunca y, al mismo tiempo, menos paz. Muchas personas viven cansadas por dentro, atrapadas en preocupaciones constantes, discusiones interminables, resentimientos viejos o una ansiedad que nunca termina de apagarse. Y en medio de todo eso, san Pablo nos deja este domingo una exhortación sencilla y profundamente actual: “Vivan en paz.” Parece una frase pequeña, pero encierra un enorme desafío espiritual. La primera lectura nos ayuda a entender dónde comienza esa paz. Moisés sube al monte Sinaí y allí Dios se revela diciendo: “El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y rico en amor y fidelidad.” Es impresionante: cuando Dios revela su identidad, no empieza hablando de castigo ni de poder, sino de misericordia. Ése es el corazón de Dios. Y el Evangelio lleva todavía más lejos esa verdad: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él.” Muchos viven imaginando a Dios como alguien permanentemente decepcionado, vigilando errores y esperando castigar. Otros viven condenándose a sí mismos, incapaces de dejar atrás culpas, heridas o fracasos. Pero Jesús revela otra cosa: un Padre que se acerca al mundo con paciencia, amor y deseo de salvar. Y quizá una de las razones por las que tantas personas no tienen paz es precisamente porque viven sintiéndose condenadas: por el mundo, por los demás, o por ellas mismas. La paz cristiana comienza cuando uno acepta que Dios es misericordioso y que su primera actitud hacia nosotros no es la condena, sino la salvación. Y desde ahí, poco a poco, la vida cambia: vivimos en paz cuando dejamos de alimentar cada conflicto, cuando entendemos que no toda discusión merece nuestra alma, cuando el perdón pesa más que el orgullo, cuando la oración ocupa más espacio que el enojo y cuando dejamos de compararnos constantemente con los demás. La solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda que en el corazón mismo de Dios no hay caos ni división, sino comunión, misericordia y amor • AE
Da pacem Domine —“Danos la paz, Señor”— es una obra del compositor estonio Arvo Pärt, uno de los músicos sacros más importantes e influyentes de nuestro tiempo, conocido por su estilo minimalista, profundamente espiritual y contemplativo. Escrita con la sobriedad y el silencio que caracterizan gran parte de su música, esta pieza parece más una oración cantada que una composición convencional. Las voces avanzan lentamente, casi suspendidas, creando una atmósfera de calma y contemplación. En un mundo lleno de ruido, tensión y prisa, esta música no busca impresionar: busca abrir un pequeño espacio interior para la paz

Lecturas para el Verano (ed. 2026)





