Thirtieth Sunday in Ordinary Time (Cycle A)

It is possible to be deeply religious and remarkably unkind. We have all seen it, and perhaps, if we are willing to admit it, we have sometimes been guilty of it ourselves. In this Sunday’s Gospel, Jesus is asked to identify the greatest commandment. He could have answered with a single sentence: love God with all your heart, soul, and mind. But he does not stop there. He adds a second: “You shall love your neighbor as yourself.” As if loving God could never be the whole answer unless someone else was included. We sometimes find it easier to love God in the abstract than to love the people who actually share our lives. God does not interrupt us at inconvenient moments, disagree with our opinions, test our patience, or ask us to forgive an old offense. People do. And perhaps that is precisely why Jesus places these two commandments side by side. Our love for God cannot remain safely enclosed in prayer, beautiful liturgies, or religious convictions. Sooner or later, it must find its way into the ordinary, sometimes difficult business of living with others. The person who irritates us, the neighbor whose opinions we cannot understand, the family member with whom conversation has become difficult: none of them stands outside the second commandment. Jesus does not say that loving them will be easy, or even that we must agree with them. He simply refuses to let us imagine that loving God makes loving them optional. Perhaps the real measure of our love for God is not only what happens when we turn toward Him, but also what happens when we turn toward one another • AE

In Everybody Hurts, R.E.M. reminds us of something we too easily forget: everyone carries burdens we cannot see. Behind every face there may be loneliness, disappointment, fear, or pain. Perhaps that is why this song belongs alongside Sunday’s Gospel. Jesus asks us to love our neighbor, not because we understand everything about them, but because they, too, need kindness and compassion. Sometimes the most convincing expression of our love for God is simply the tenderness with which we treat another human being •


St. Joseph Catholic Church (Dilley, TX) • Weekend Schedule

Fr. Agustin E. (Parish Administrator)

Saturday, October 24 2026.

10.00 a.m. Sacrament of Baptism

5.00 p.m. Sacramento de la Confesión

6.00 p.m. Santa Misa.

Sunday, October 25, 2026.

8.00 a.m. Sacrament of Reconciliation

8.30 a.m. Holy Mass.

10.30 a.m. Sacrament of Reconciliation.

11.00 a.m. Holy Mass.


XXX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Tenemos una extraordinaria capacidad para complicar las cosas. Hacemos listas, establecemos prioridades, multiplicamos compromisos y, cuando creemos haber terminado, descubrimos que todavía nos falta algo. También la vida espiritual puede convertirse en una interminable lista de obligaciones. Hay que rezar, cumplir, asistir, aprender, evitar, corregir, mejorar… Y todo eso puede ser bueno. Pero en el Evangelio de este domingo, cuando un maestro de la Ley pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante, la respuesta tiene una sencillez desconcertante: amar. No porque lo demás carezca de importancia, sino porque todo lo demás necesita un centro. Jesús termina diciendo que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. La imagen es hermosa: como si todos aquellos preceptos, enseñanzas y tradiciones estuvieran sostenidos por algo que no siempre se ve, pero sin lo cual perderían su sentido. Existe, sin embargo, una tentación particularmente sutil en la vida religiosa: confundir la santidad con el cumplimiento, la fidelidad con la disciplina y la gracia de Dios con el resultado de nuestros esfuerzos. Entonces la oración corre el riesgo de convertirse en una tarea que hay que completar, la conciencia en un inventario de obligaciones y la vida cristiana en una permanente evaluación de nuestro rendimiento espiritual. Y podemos terminar tan preocupados por cumplirlo todo que olvidamos lo más importante: no somos nosotros quienes conquistamos el amor de Dios; es su amor el que nos precede y hace posible nuestra respuesta. Quizá por eso necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús. No para abandonar nuestros compromisos, sino para devolverles su verdadero sentido. Porque una vida puede estar llena de cosas importantes y, sin embargo, haber olvidado lo esencial • AE

Tú me caminas

Me llevaste a la montaña,
por vereda sin memoria.
Poco después de la lluvia,
más allá de mis historias,
respiraba nuevos paisajes
sin saber si volvería.

Yo sembraba mi mirada,
tú a mi encuentro ya venías.
¿Dónde estaban? No podía
alimentar más mi vida.

Crucé temblando mis fronteras.
Tú en silencio me conocías.

Tú me caminas,
mis brechas y veredas pisas.
Tú me caminas,
acariciando mis heridas.
Voy más allá de mis fronteras.
Me dejo encontrar por ti.
Tú me caminas.
Camina el cielo dentro de mí.

Fui la zarza que ardía
en el pecho de la montaña.
Volví sobre mis huellas,
pero a otra tierra me llevaban.

Mis padres también anduvieron
buscando dónde hacer sus nidos.
Buscando la vida llegaron.
Al detenerse buscaron la mía.

Desde Egipto hasta Atlán,
peregrino de mi fuente,
que en otros rostros tú me miras.

Tú me caminas,
mis brechas y veredas pisas.
Tú me caminas,
acariciando mis heridas.
Voy más allá de mis fronteras.
Me dejo encontrar por ti.
Tú me caminas.
Camina el cielo dentro de mí.

Enséñame a poner mi tienda
donde tú quieras descansar
y a levantarla cuando llames
para salir y hacer el bien.

Eres la nube de mis días,
eres mi fuego al anochecer.
En el silencio de una mesa,
partiendo el pan, te encontraré.

De la tierra vuelve a sacarme.
Con tus manos hazme otra vez.
Recoge todos mis girones.
Besa mi herida y mi desnudez.

Aunque me olvide de tus pasos,
aunque me falte el ánimo de ir,
tú vas andando mis paisajes,
tú nunca te olvidas de mí.

Tú me caminas,
mis brechas y veredas pisas.
Tú me caminas,
acariciando mis heridas.
Mi paso por esta tierra.
Si me dejo pasear por ti,
tú me caminas.
Camina el cielo dentro de mí.

Ya no tengo que correr.
Me dejo encontrar por ti.
Mis brechas y veredas pisas.
Tú me caminas.

Tú me caminas, inspirada en el poema Trashumante, del P. José Cruz Prado, Misionero del Espíritu Santo, nos invita a descubrir una verdad profundamente consoladora: no somos nosotros quienes tenemos que conquistar a Dios con nuestros esfuerzos. Es Él quien toma la iniciativa, sale a nuestro encuentro y camina incluso por nuestras heridas y fragilidades. La canción expresa bellamente algo que a veces olvidamos en nuestra vida espiritual: antes de que nosotros comenzáramos a buscar a Dios, Él ya nos estaba buscando. Quizá por eso sus palabras más liberadoras sean tan sencillas: «Ya no tengo que correr» •


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